Saber decir adiós

Decir adiós no me es fácil. De hecho, odio las despedidas. Creo que se debe a que la idea de alejarme de alguien me tortura. Correr el riesgo de perder lo que somos, lo que es –en el caso de un lugar o momento– me hace aferrarme con fuerza a lo construido. A pesar de intentar evitarlo a toda costa, ha habido personas y lugares de los que, lo mejor, ha sido distanciarme. 

Formas de despedirme hay dos: 1) diciéndolo de frente mientras procuro no dañarte, y; 2) con alguna acción que marca de forma inequívoca el fin de esta era. Ambas se sienten como un golpe en la boca del estómago, casi siempre son incomprensibles al corazón –no así a la razón– y terminan por romperme en dos.

A la distancia, comprendo qué fue lo que pasó, suspiro y agradezco por el tiempo que compartimos; lo cual no significa que no me gustaría que las cosas hubieran sido distintas. En todo caso, lo hecho, hecho está y ocuparme dándole vueltas a lo que pudimos haber cambiado resulta inútil y doloroso.

Pasar por estos males me ha enseñado que no hay situación imperfecta, que lo que es tuyo no se te arrebata y que debes confiar en que todo es para bien. Mientras voy descubriendo si, en efecto, me correspondes, me alegro pensando en las veces que sonreí a tu lado, en las aventuras y en los momentos de complicidad; en lo que siempre seremos, en lo que para siempre será.

Así, decir adiós no solo es difícil, sino que también es equivocado. A las personas y situaciones que amo jamás podré darles la espalda. No porque no esté contigo he dejado de verte, no porque ya no hablemos dejo de escucharte. Decir que “no es más que un hasta luego” parece rebuscado, pero es la verdad. Mientras tanto, solo puedo confiar en que todo es para mejorar.

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