La primera impresión NO es la que cuenta

Cuando se trata de primeras impresiones no soy el mejor. Con frecuencia, la gente me percibe callado y distante. Lo que no saben es que estoy poniendo atención a su conversación, tanto que me olvido de la gesticulación y mi cara termina teniendo un semblante de entre duda e incredulidad. Lo siento. Nada personal.

Así como las personas se hacen una idea (espero) equivocada sobre mí, en más de una ocasión yo me he apresurado a juzgar a quien recién conozco. No podría cometer peor error. El nerviosismo, la incomodidad o la mala percepción son motivos que pueden llevar a alguien a comportarse de determinada manera la primera vez que interactúa.

Con frecuencia, agradezco que aquellos a mi alrededor se permitan conocerme antes de hacer aseveraciones. No hay nada que aprecie más que una persona lo suficientemente madura como para tomarse el tiempo de hacerse una idea objetiva sobre quién y cómo es aquel con el que se relaciona.

De esta manera, la tarea es no dejarnos llevar por corazonadas. Si bien podemos ser cautelosos, esto no implica que tengamos que ser determinantes en el trato que en adelante le daremos a una persona. No es adecuado –ni justo– encasillar a un individuo basados en lo que alguna vez observamos o presentimos. Tal vez aquel no fue su mejor día.

Así que, por favor, Mae, tómate un momento para pensar en todos aquellos a quienes les tienes recelo a causa de una primera impresión. También piensa en los que tienen tu confianza sin haberla ganado. Evalúa quién de ellos realmente merece ese lugar y a cuántos les darás una segunda oportunidad. De hacerlo, el resultado te sorprenderá.

 

 

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