A pesar de la tristeza

Hace tiempo que hice las paces con la tristeza. No es que constantemente esté conmigo, pero las veces que decidía pasar a visitarme me afectaba enormemente. Después de un par de episodios desafortunados, opté por dialogar con ella y acordar permitirle sacar lo mejor de mí en cada ocasión.

Y es que debemos aceptar que la tristeza –y sus amigas– aparecen en los lugares menos esperados. Pocas veces preveo que determinadas situaciones me llevarán a sentirme decaído, lo que genera que momentos que podrían ser alegres se conviertan en experiencias dolorosas que me dejarán un agridulce sabor de boca. Como no me gusta ese sentimiento, prefiero hacerlo lo más llevadero.

Así, de la tristeza he obtenido aprendizaje, crecimiento, amor propio y agradecimiento por las bendiciones que se me dan. Poco a poco he aprendido a recibir con humildad las circunstancias que me enfrentan a dolor o frustración, siempre teniendo en cuenta que son pasajeras y que debo de empeñarme en aprender lo más posible para evitar repetir semejantes experiencias; y no es que me guste sufrir, pero si igual he de vivirlo, prefiero dotarlo de sentido.

¿Cómo ha sido mi experiencia aceptando el dolor? Reconfortante. Hay algo tranquilizador en comprender que todo pasa por una razón y que la desilusión de hoy será la fortaleza del mañana. Nada vale más que la experiencia y, en cuestión de golpes de la vida, saber que nada es eterno hace que las dificultades sean más llevaderas.

Por último, quiero dejar claro que la pasé mal. Muy mal. Que me resistí infinidad de veces a sentirme decaído, a que se me rompiera el alma por una u otra situación y, créanme, nada bueno salió de ahí. Como en muchos casos, fluir es lo mejor que puede hacer para evitar sufrir. Las cosas son como son. No te acongojes, solo sigue hasta que salgas y se acabó. Bien dicen que “no hay mal que por bien no venga” y es por eso que prefiero soltar y aprender del dolor, que pasármela llorando sin convertirme en alguien mejor.

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